El contacto es testimonio, la piel es consecuencia

“Los zapatos son testimonio de vida: por fuera, acumulan
las manchas del trayecto; por debajo, arrastran el desgaste
de los caminos, y por dentro, van recibiendo las huellas
del modo de pararse en el mundo del hombre que los usa”
(Miranda, 2012, p.70)

Es primero de diciembre de 2016 y estamos en el Museo de la Solidaridad Salvador Allende. Somos cinco quienes leemos fragmentos del instructivo del MIR. Escribimos en paredes y construimos frases de movimientos con códigos relacionados a textos. Uno de ellos es un extracto de la novela Salvatierra donde el narrador, del mismo nombre, recorre Santiago en dictadura. Después de que matan a su padre y hermano, él protagonista queda en suspensión, divagando y divergiendo a cualquier tipo de resistencia política en torno a represiones. El personaje Salvatierra  deambula, merodea la casona de Matucana, camina al lado de militares, está en los lugares donde ocurre todo pero no se involucra, tan solo roza las situaciones y aparece en ese gesto de caminar sin rumbo y sin obstáculo una resistencia particular: materializar las voluntades, lo que para ese contexto era símbolo de represión, limitar hasta incluso el libre tránsito por la ciudad. Salvatierra genera una relación táctil con la ciudad, la recorre sin obstáculos, no se apropia, no coloniza, su recorrido es solo de contacto entre las superficies.

Enero 2017 y estamos en paseo Bulnes. Somos siete y cada una camina en silencio, solo una de nosotras sabe en qué dirección ir y nos sugiere la ruta. Todas tenemos audífonos conectados a algún dispositivo ultra tecnológico que activa audios en ciertos lugares de la ciudad. La App Recuerdos tiñe nuestro recorrido y nos obliga a caminar en un ritmo particular, como a tientas esperando que aparezca el sonido, que se completen los fragmentos, que la cartografía que recorremos tenga un paisaje más nítido. Pero mientras más relatos escucho, se abren más preguntas. El audífono lanza sucesos antiguos. Sabemos que hablan de la época de dictadura y entonces el ojo se tiñe;  veo capas de diferentes colores y  a ratos me incomoda la gente que anda en la calle, contaminan mi escena. El transeúnte que camina en su cotidianidad, que pasa por ahí sin tocar la historia que yo estoy escuchando, pisa la misma vereda que desde el audífono otro  me relata que pasó corriendo con angustia. La gente no sabe que el edificio antes era naranjo, ni que adentro había una fiesta falsa cubriendo el ruido de una máquina de imprenta. Todos los demás, que no son yo, que caminan por ahí, que recorren sin saber, me incomodan. Muchos extras en esta película que participan de la trama pero sin percibir la escena que yo estoy viendo, limitan su recorrido a la dirección que demanda la cartografía, así como lo hace Salvatierra caminando la ciudad. Desde ese momento nosotras decidimos percibir, afectarnos y reconstruir la ciudad en ese encuentro táctil con el relato.

Con el registro de estas experiencias y al sumar el relato de Viviana Uribe se agrega otra capa de recorrido, pero esta vez en el cuerpo. Este último demanda cambiar el foco y poner atención a la propiocepcion. Aquí pudiese ocupar los verbos mirar, escuchar u oír, pero la conciencia del movimiento interno es una experiencia haptica, que apela no solo a lo táctil sino también la memoria de las sensaciones: un registro que se viene acumulando desde que nacemos. “Cuando una imagen, un sonido o un aroma nos conmueve, nos espanta, nos repugna, nos aterroriza, la sensación es haptica: se nos revuelve el estomago, se nos estruja el intestino, se nos acelera el latido del corazón, se nos llenan los ojos de lágrimas, nos laten las sienes, se nos pone la piel de gallina, se nos convulsiona el pecho, suspiramos, lloramos, gritamos.” (Maurette, 2015, p.62)

Pienso entonces esta afección como una relación haptica, donde la acción de escuchar un relato y afectarse se ve atravesada por la memoria subjetiva, la inmediata capacidad de anticipar texturas sin necesidad de tocarlas es por esa memoria. Sin vivir ese relato puedo permitir que aparezca en algún lugar del cuerpo la memoria de alguna experiencia, sin acudir de manera consciente.

Un escritor no tiene piel

¿Cómo su letra es capaz de tocarme?

La acción de recorrer me parece significativa para comportarnos como una superficie de reinscripción sensible de la memoria (Richard, 2007) que amerita contacto y que se asume ignorante para despertar el deseo de la investigación y abrir fisuras que nos permitan ser atravesadas. El gesto de recorrer como un acceso a la multi temporalidad que se sostiene en el deseo en relación al futuro, la inmediatez del contacto/afección y el acceso a la memoria.

Es Marzo y no viví en dictadura. Puedo recorrer superficies o caminar la ciudad toda mi vida, pero para identificar el lugar de afección debo desplegar de mi memoria el repertorio afectivo y poner en juego la capacidad que tiene mi cuerpo de tocar y ser tocada por las múltiples voces, los múltiples relatos. Estrujar mi cuello, apretar los músculos, sudor en las manos, dolor de mandíbula, lo táctil trasciende la piel, los tiempos y los ojos.

Javiera Cáceres B.

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