“No me pregunten quien soy, ni si me habían conocido, los sueños que había querido, crecerán, aunque no estoy. Ya no vivo, pero voy en lo que andaba soñando y otros que siguen peleando, harán nacer otras rosas, en el nombre de esas cosas todos me estarán nombrando…”

Milonga del fusilado, Los Olimareños

Pienso en los tejidos rasgados. El cuerpo abierto, quebrado. Órgano rojo; roto, pero latiente, palpitante, persistente. Frente a lo irreparable: ¿cómo desplegar de nuevo las presencias? Me dispongo al ejercicio de la afección transitando atenta en el relato. Me quedo con los silencios, de pronto algún gesto, otro silencio. Sí, definitivamente aquello no se nombra, no ha de tener lugar, pero si tiempo: ayer, hoy, mañana. Aparece esta historia, como tantas otras, y queda en suspensión. Prolongada detención, pues ya no es posible estar de modo habitual en el mundo, en Chile. Reverbera la ausencia, pero la mano no afloja.

Frente a la experiencia de hacer carne la memoria, me dispongo a materializar una acción de resistencia, un gesto político que deviene cuerpo, que enuncia y sostiene discurso. El cuerpo como posible testigo, dispositivo sensible, conjetura de múltiples historias. Vinculado ahora a la voz de Viviana Uribe y a la huella de Fernando Vergara, el cuerpo aparece como lugar de acontecimiento en esta relación. Aparezco como una colección de fragmentos, un cuerpo atravesado por múltiples consignas, códigos de reconocimiento que lo movilizan y va tensionando un hombro, alcanzando una mano, inundando y envolviendo huesos y vísceras. Es un trabajo interno y bastante denso. Reconozco entonces lugares y situaciones que pasan por el cuerpo; mi cuerpo es un mapa que traduce y aloja en cada parte algún signo, algún residuo que vuelve, insurgente a prolongar la historia, que esta vez me interpela y me exige presencia, una forma particular de estar. Sin tener algo demasiado resuelto se encuentran motivos y se confabulan contextos que dicen y miran. La idea de corporalizar como intento inagotable de insistir en una otra mirada, en otra lectura de los sucesos políticos e históricos de Chile en dictadura, perpetuando complicidades e intensificando los afectos que emergen en relación a ello y con cada una de las intérpretes con las que comparto la experiencia en el hacer.

Y así llega marzo florecido. Larga es la lista de los nombres que desvanecidos debajo la cuidad acumulan manchas. Los nombres ¿cuáles eran los nombres? Ya no hay más encuentros, ni puntos, ni chapa que asegure. Cada marzo se alza con la impronta de la eterna primavera, de cada joven que inquieto punzo la impávida pared. Yo no cedo, tramando en lo alterno, tramando, camino por las calles, lugares donde te pisaron los pasos por última vez y te caíste. Me detengo y mil veces te nombro en la risa, en la mirada cómplice de una otra cuidad posible, de una otra historia posible y en cada paso que junto a tantos vamos dando. En serio. Y aunque te quitaron el sueño, éste fue inexorable y aquí está la hija que ahora persiste en ser el cuerpo de la letra, esa letra de tus proclamas de joven, esa letra de tus palabras silenciadas de cuando fueron a preguntarte si eras parte de la nómina y preferiste disimular, porque era ininteligible, porque realmente no se puede explicar, porque solo resuena en el murmullo latente en ti, en Viviana, en lo insondable de los nombres.

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